Amor en la Residencia

Las parejas y el amor en las residencias es un aspecto de la tercera edad que no debería asombrarnos. Hay casos en que una pareja de mayores ingresa junta a una residencia, y casos en que nuevos afectos florecen en la convivencia. José – Ramón Navarro ha escrito la siguiente historia, de título El amor en la residencia, interesante y conmovedora:

amor en la residencia

foto por Rodrigo Basaure

La primera vez que los ví atravesaban con paso pausado, pero no cansino, el jardín porticado que antecede al cuerpo principal del edificio de la Residencia, camino del más amplio jardín arbolado que se hunde como una proa frondosa en el terreno que rodea la institución, dejando a un lado un suelo cubierto de hierba salvaje y al otro la amplia zona dispuesta para recibir y alojar en línea y en batería los coches del personal empleado y de los visitantes.

Uno de los múltiples bancos del arbolado jardín les iba a servir de góndola, mecida no por las aguas de un ignoto canal, pero sí por los sentimientos que, día a día, iban cobrando más fuerza en sus corazones. Se les notaba en las miradas, que iban recobrando el brillo, emanado de la luz que ahora era capaz de abrirse paso a través de las temblorosas pupilas midriáticas, durante años apenas visibles, orladas las córneas por el blanquecino y duro anillo que la arterioesclerosis había ido depositando en alejado paralelo a la abertura pupilar.

No necesitaban decirlo. Sus figuras de holgados octogenarios transcendían a su alrededor la felicidad que les embargaba, sin percibir el sano efecto que producían en los demás. El amor –como el humo y el dinero- no sólo es inocultable, sino que también es lenitivo para quienes son alcanzados por la aureola que circunda a los que se están amando.

Los ví por primera vez, pero, a partir de entonces, la paz que se desprendía en su entorno era tal que, instintiva o a lo sumo subconscientemente, procuré acercarme a ellos en busca de su amistad. Lo que no fue difícil de conseguir, porque el que es feliz – estado trasunto de un modo de haber triunfado – desea ostentar su triunfo ante los demás: tiende inexorablemente a ser admirado y para lograrlo no tiene mayor enemigo que el aislamiento y la soledad. Con algunos gestos –más bien pocos y apenas más que superficiales- pronto nos hicimos amigos. Sucedió que habiendo vuelto a mi antigua afición a los retratos fotográficos, amplié los sujetos a perpetuar su recuerdo en los clichés de mi vetusta Minolta, desde mi esposa y sus cuidadoras principales hasta la pareja del “estanque dorado”, sus rostros tantas veces reflejados en el amplio cuenco que protege la estatua-imagen que preside la Residencia desde la fuente principal del jardín. Pocos días  después de inmortalizados en una cartulina de 13 x 18, presumían con ella antes sus compañeros de la Plaza de España, uno de los justos orgullos de la Residencia, protegida por una ancha bóveda translúcida de las inclemencias del tiempo. Gozaban viendo en ella cómo les percibían los demás, pues la propia contemplación en el espejo apenas se diferencia de lo que queremos ver: una simple mirada a la foto de carnet recientemente realizada nos lleva más aprisa y con mayor realidad a cómo somos ahora que una larga contemplación de lo que refleja el azogue en una larga sesión de afeitado o de cuidadosos maquillaje, de modo que nuestro cerebro no ve cómo somos sino, en gran parte, cómo queremos ser. Ellos se veían bien, ahora más exultante, más serena y profunda la leve sonrisa, esbozada ante el inquietante objetivo de la cámara; y queriendo borrar para siempre la imagen que de sí se habían fabricado engañosamente, enseñaban a los demás sus rostros recién impresos, contemplando con satisfacción en los intervalos lo que la cámara les había sabido resaltar gloriosamente.

Confieso que inicialmente pensé mal o, tal vez, demasiado prosaicamente. Cuando comenté con algún residente –alojado aquí temporalmente hasta curar algunas leves alteraciones superficiales de sus pies, producto de un prolongado decúbito postoperatorio, pero sujeto de mente despejada y poseedor de abundante experiencia- cuando comenté con este residente, repito, la agradable sorpresa que me había producido el descubrimiento de una senecta pareja viviendo o reviviendo, muy probablemente, una historia de amor escrita en las páginas amarillas del devenir de ambos, supe por boca de mi interlocutor cómo se escondían tras árboles y toda clase de improvisadas mamparas para entregarse, siquiera a trazos fugaces, a deseadas formas de materializar su amor. Con un pensamiento machista (pues no se me ocurrió pensar en ella como partícipe activamente inductor de las ocultas acciones), tildé al que empezaba a ser mi amigo de lo que en mi adolescencia había aprendido sin mayores sutilezas: lo tildé de “viejo verde”. Y así, durante un tiempo no medido, lo seguí juzgando, más jocosa que duramente, víctima jubilosa de un instinto primitivo, abriéndose paso a través de no sabía qué raciocinios y convicciones.

Pero estaba totalmente equivocado: allí había más que mero instinto reverdecido tardíamente, como fruto inesperado de un sarmiento abandonado a los vaivenes de barbechos razonadamente impuestos o de carencias obligadas. Para inesperado pero inmediatamente asumido asombro mío, acabé descubriendo que debajo de aquellas formas primitivas latían sentimientos muy fuertes y entrañablemente humanos: entre ellos había nacido y se había forjado, una vez más en este mundo, el milagro de un verdadero amor.

La circunstancia que provocó tan agradable consideración fué, y sigue siendo, muy penosa. La novia –en justicia se puede llamar así al componente femenino de tal pareja de viudos- se convirtió en un mal día, de una persona prácticamente autosuficiente en una paciente discapacitada y altamente dependiente: una silla de ruedas mantiene su cuerpo en potencial traslado pasivo por los recintos abiertos y cerrados de la Residencia y su mente no llega más allá de la percepción del dolor físico y dudosamente capaz de evocar más recuerdos que el que le provoque una voz muy conocida, prestando a su cara una rígida amimia, más inexpresiva que la de un mamífero inferior. Y ante todo ésto se alza y se enfrenta la grandeza de mi amigo, el último novio de la ¿sufriente, a pesar de su inexpresión? La familia de ambos, hijos y parientes y todos cuantos visitamos o viven en la Residencia admiramos y queremos al protagonista de esta historia: en lugar de huir, alejándose de la responsabilidad sobrevenida, cada día y en los momentos oportunos (en evitación de quebrar la necesaria rutina y rigidez de horario que favorecen la atención de los dependientes) acude a buscar a la agonista de esta gloriosa tragedia, para sacarla a ratos del área en que se encuentra confinada, para mimarla, para cuidarla (habría que verlo cómo le canta y cómo la induce a hacer lo mismo), para ejercitarla en infantiles palmoteos …, para seguir amándola y dignificarla.

Mi entrañable amigo es analfabeto, como me confesó un día, viéndome escribir en una de las mesitas del jardín porticado: “yo no sé escribir –me dijo-, pues no fui a la escuela ni de niño ni de mayor”. Mi amigo es analfabeto e inculto, pero en su conversación se perciben la inteligencia natural y el sentido común. Dios le colocó en una tierra, en una zona y en una guerra civil que no le permitieron cultivarse, pero hizo que la generosidad se albergara en su alma y que el amor fructificara en su corazón.

Escrito por: José – Ramón Navarro

Acerca de José - Ramón Navarro

Coronel Médico (R) de la Asocición Española de Militares Escritores
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3 respuestas a Amor en la Residencia

  1. Rosa M. Gómez Marín dice:

    Es una historia preciosa.

  2. Francisca Maria Cristina Basson dice:

    Me gustaria tu autorizacion para publicar esta historia en mi pagina web . Gracias Francisca MC Basson

  3. juan manuel dice:

    Me falta un mes para cumplir 72 años, creo que estoy viviendo la mejor edad de mi vida, aller practique mi “deporte” favorito en tres ocasiones, aperte de eso me hice 30 minutos de cinta en nivel 3, por la noche hice el paseo nocturno de una hora cincuenta minutos a paso mas bien ligero, todo esto lo consigo solo y exclusivamente por no recordar bajo ningun concepto la edad que tengo.

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